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—Lo siento que no pudimos juntar ni un centavo para flores —dijo mi suegra Marilyn, alisándose la falda

Había cortado el viaje de negocios dos días antes para darle una sorpresa. Últimamente, los silencios

El Salón Valcour ocupaba el piso treinta y siete de un rascacielos en Brickell, donde las arañas de cristal

Jack Callahan ni se molestó en tocar. A las tres y siete de la mañana, con el viento de Montana aullando

Valeria apretó la pequeña camioneta de juguete con tanta fuerza que el plástico crujió. El timbre de

El restaurante La Cúpula, allá en pleno downtown de San Antonio, vibraba esa noche con una energía especial.

Doña Estela vigilaba las aguas color café del río Bravo con los ojos secos y la espalda tiesa.

Los golpes empezaron a las 3:15 de la madrugada. No eran toquidos discretos, sino ese martilleo frenético

El agua del río San Antonio golpeaba los pilotes del viejo embarcadero con un rumor sordo e indiferente.

Todas las mañanas, mucho antes de que el primer camión maderero recorriera la Ruta 9, Ernesto Fuentes










