Doña Carmen lo vio desde la puerta de su apartamento. Eran las siete y veinte de la mañana y ella bajaba a recoger el periódico. Ahí estaba Rogelio, junto al buzón del pasillo, abrazando un bulto gris y sucio. Tardó unos segundos en entender que era un gato. El animal estaba flaco, con una pata trasera sin pelo y un olor a humedad tan denso que parecía haber absorbido el alma de un sótano entero.
—Ay, Dios mío, ¿y eso? —soltó doña Carmen, pegándose a la pared.
Rogelio ni la miró. Siempre fue de pocas palabras con los vecinos. Apretó al gato contra su pecho y marcó el botón del elevador.
—Pero si eso está todo sarnoso, mijo. ¿Lo vas a meter a tu casa así?
—Lo busqué cinco meses.
El elevador emitió un pitido. Rogelio entró y apretó el tercero. Doña Carmen se quedó en el pasillo, viendo cómo se cerraban las puertas. Rogelio traía una expresión extraña. No era alegría exactamente, sino un cansancio profundo mezclado con una paz que ella no le había visto nunca. Le comentó a Marta, la del quinto, que algo raro pasaba con el muchacho. Pero la verdadera historia la supo después.
Todo comenzó a finales de verano. Bigotes, un gato gris atigrado de bigotes chuecos —el derecho más corto, como cortado con tijeras de niño—, solía salir por la ventana de la cocina al techo del porche y de ahí al patio. Regresaba siempre al atardecer, cuando Rogelio llegaba de la obra. Pero un martes de agosto, no volvió.
Rogelio dejó la ventana abierta toda la noche. Dejó el plato de croquetas junto a la estufa, intacto. Pasó la madrugada en vela, fumando en la cocina y mirando el rectángulo oscuro de la ventana. A las seis de la mañana se puso las botas de trabajo y salió a caminar por el barrio. Nada.
Los volantes aparecieron al tercer día. Pequeños, impresos en la oficina de FedEx de la esquina, con una foto a color de Bigotes echado en el sofá, la pata delantera colgando del cojín. Debajo decía “Perdido. Responde por Bigotes” y el número de celular de Rogelio. Los pegaba a las seis de la mañana, antes de subirse al camión de la construcción. Con las manos entumidas por el frío de la madrugada texana, la cinta adhesiva se le resbalaba y tenía que presionar el papel contra los postes de luz hasta que se pegara.
Las llamadas llegaron las primeras dos semanas. Gente que juraba haber visto un gato gris junto a la lavandería automática. Un señor de la calle Magnolia que tenía uno igual viviendo bajo su terraza. Una mujer que llamó tres veces para ofrecerle un siamés beige porque “igual uno se encariña”. Rogelio iba a cada dirección. Se asomaba debajo de carros, movía arbustos con la linterna del celular. Negaba con la cabeza, agradecía y se iba. Siempre con la misma pregunta en los ojos.
En septiembre, un viernes por la tarde, le marcaron de un número desconocido. Una voz de hombre dijo que había visto un gato como el del volante merodeando por los basureros del Walmart de la Tijera. Rogelio se bajó del autobús de regreso y tomó otro. Llegó a las nueve de la noche. El estacionamiento estaba casi vacío. Recorrió los contenedores uno por uno, alumbrando con el celular, silbando bajito, ese silbido de dos notas que Bigotes siempre reconocía. Solo encontró una bolsa rota y un perro callejero que lo miró de lejos y se perdió en la oscuridad.
En octubre empezó con un cuaderno. Forrado de hule rojo, de esos de la primaria. Anotaba fechas, direcciones, nombres de quienes llamaban. “Gris, pero joven”, escribió un día. Otro: “No es, el bigote completo”. La letra era grande y apretada, de alguien que no está acostumbrado a escribir. A veces, antes de dormir, Rogelio lo hojeaba sin leer realmente, y el sonido de las páginas era lo único que rompía el silencio del apartamento.
Su compañero de cuadrilla, el Güero, le preguntó una mañana por qué carajo llevaba el cuaderno hasta la obra.
—¿Y a ti qué te importa? —dijo Rogelio.
—Así de jodido estás.
—Ándale, así.
El Güero no preguntó más. Le convidó un cigarro y trabajaron en silencio.
Noviembre trajo lluvias y un frío que calaba la chamarra. Rogelio amplió el área de búsqueda al barrio viejo, detrás de las vías. Recorría patios ajenos, se asomaba por rendijas de casas abandonadas. Tocaba puertas. Una viejita de la calle Olmos le dijo que allá por septiembre había visto un gato gris echado bajo un Taurus descompuesto, pero que ya no sabía. Rogelio fue hasta la calle Olmos. El Taurus seguía ahí, con los vidrios rotos. Debajo no había más que charcos de aceite seco y hojas muertas.
Doña Carmen, la vecina del primero, lo interceptó un día en las escaleras. Le dijo que ya, que cinco meses era mucho, que adoptara otro, que en el refugio de la Avenida Central había muchos gatos necesitados. No lo dijo por mal. Rogelio negó con la cabeza.
—Otro no, señora.
—Pues qué necio eres.
Rogelio se encogió de hombros y siguió subiendo las escaleras. Doña Carmen lo vio irse y sintió una mezcla de compasión y fastidio, ese fastidio que provocan los que se aferran a lo imposible.
En diciembre casi nadie llamaba. Los volantes se habían desteñido con el sol, luego con la lluvia. Algunos se despegaron y acabaron en la alcantarilla. Rogelio imprimió más. Cada sábado salía con su rollo de cinta gris y una carpeta con hojas limpias. Aprendió a sostener el rollo con el brazo y desprender tiras con los dientes para pegar más rápido.
El dos de enero, una mañana de niebla, Rogelio bajó a tirar la basura al callejón y escuchó algo. Un maullido. No fuerte, ni lastimero. Apenas un hilo de aire vibrando. Se quedó quieto. El sonido venía de la puerta metálica del sótano, esa que los inquilinos usaban para guardar tiliches. Rogelio tocó la puerta con los nudillos, con suavidad.
—¿Bigotes?
Silencio. Esperó un minuto, dos. El corazón le latía en las sienes. Fue a la administración y buscó al encargado, don Ramón, que estaba desayunando un burrito en su oficina y se limpió las manos en el pantalón antes de rebuscar la llave entre un manojo enorme.
—¿Pa qué quieres entrar ahí? —preguntó con la boca llena.
—El gato.
Don Ramón lo miró por encima de los lentes y le alargó la llave sin decir nada más. Como quien entiende que hay batallas que no se cuestionan.
La puerta del sótano chirrió. El olor a humedad era tan espeso que parecía envolver el cuerpo. Oscuridad. Rogelio bajó cinco escalones de concreto y encendió la linterna del celular. El sótano era un laberinto de tuberías, cajas de madera viejas y muebles rotos cubiertos de sábanas polvosas. Una bicicleta sin rueda colgaba de un gancho. Había un colchón tirado en una esquina, con el relleno de fuera y manchas de algo que Rogelio prefirió no identificar.
—Bigotes, güey —murmuró, casi para sí mismo.
Avanzó paso a paso. El haz de luz se deslizaba por las tuberías, iluminaba telarañas, sombras alargadas. Hacía frío ahí abajo, un frío de humedad estancada que se pegaba a la piel. En algún lugar goteaba agua, un tictac constante y hueco.
Llegó al fondo. Tres cajas de madera apiladas junto al muro. Detrás, un hueco oscuro, estrecho como una rendija. Rogelio se agachó y alumbró hacia adentro. Dos ojos brillaron. Un destello amarillo verdoso en la negrura. No se movió. Rogelio sintió que el aire se le atoraba en la garganta.
—Bigotes.
No salió. Los ojos parpadearon y se quedaron fijos, mirando la luz. Rogelio bajó el celular para no deslumbrarlo y se sentó en el suelo. El concreto estaba helado y la humedad le atravesó el pantalón casi de inmediato, pero no le importó. Apoyó la espalda contra la pared y se quedó quieto, esperando.
No sabía cuántos minutos pasaron. Diez, quizás veinte. Las piernas se le iban entumeciendo. No se movía. Cada tanto hablaba en voz baja, sin llamar, sin apresurar. Solo para que el gato oyera su voz.
—Hace frío acá, carnal. Cinco meses, no mames. Te andaba buscando hasta en el otro lado de la ciudad. Fui al Walmart de la Tijera una noche, me regresé en el último camión.
Silencio. La gota cayendo.
—En la casa está tu plato. No lo quité. Ahí sigue.
Oyó un roce antes de ver el movimiento. El gato salió de la rendija con lentitud, receloso. Primero la cabeza, luego el cuerpo. Estaba flaco, la cadera se le marcaba bajo la piel. Tenía una calva en la pata trasera y el bigote derecho más corto que el izquierdo. Era él. Sí era él, carajo. Rogelio no extendió la mano. Apenas respiraba. El gato olfateó el aire, dio dos pasos en diagonal, se detuvo. Luego caminó hasta su rodilla y apoyó la cabeza contra el pantalón. Una vez. Como si tocara a la puerta.
Rogelio cerró los ojos. Luego levantó la mano, muy despacio, y la puso sobre la cabeza del gato. Bigotes no retrocedió. Cerró los ojos también y apoyó todo el peso de su cuerpo contra la pierna de Rogelio. Entonces Rogelio sintió que algo se rompía y se rearmaba al mismo tiempo, un clic mudo en el centro del pecho.
Se incorporó con dificultad. Las piernas dormidas le hicieron apoyarse en las cajas. El gato dio un paso atrás, receloso otra vez, pero no huyó. Rogelio volvió a agacharse y lo tomó entre los brazos. Bigotes pesaba la mitad. Se sentía frágil, pero cálido, y un temblor le corría el costado. Rogelio lo pegó a su pecho y sintió el corazón del gato latiendo rápido, un tambor pequeño y terco contra su propia piel.
Subieron las escaleras hasta la luz gris de enero. Rogelio parpadeó, deslumbrado. La niebla se estaba disipando del patio trasero. Ahí fue cuando doña Carmen los vio desde la ventana del pasillo, camino al periódico, y se llevó la mano a la boca.
Ya en el apartamento, Rogelio se quitó las botas sin soltar al gato. Luego lo depositó en el suelo, con cuidado, como quien pone sobre la mesa algo que podría romperse. Bigotes bajó la nariz y empezó a recorrer la casa. Olfateó la esquina del sillón, la pata de la mesa, la base del televisor. Iba lento, pausando a cada paso. Memoria pura en el olfato.
Rogelio lo seguía sin hablar. Bigotes entró en la cocina, se detuvo junto a la estufa y miró el plato. Estaba limpio, un poco polvoriento por los bordes. El gato lo olfateó y se quedó parado ahí un segundo. Luego dio media vuelta, caminó hasta el calentador de la pared y se echó junto a él, pegando el lomo contra el metal tibio.
Rogelio abrió el refrigerador y sacó un trozo de pechuga del súper. Lo desmenuzó sobre el plato con las manos aún torpes por el frío del sótano. Bigotes se levantó despacio y comió. No con avidez desesperada, sino con un hambre vieja y contenida, masticando cada pedazo. Rogelio se sentó en el suelo, la espalda contra la alacena, y se quedó viéndolo.
Después, Bigotes recorrió cada cuarto. El baño, la recámara, la sala. Saltó al sofá y se enroscó en el cojín izquierdo, el mismo sitio donde dormía antes. El mismo exacto lugar, como si no se hubiera ido nunca. Rogelio apagó la luz del pasillo y se sentó junto a él. Fuera, el barrio empezaba a despertar con ruidos de camiones y puertas de garaje abriéndose.
Cinco meses buscando por toda la ciudad, pateando estacionamientos y callejones, pegando papeles con las manos dormidas. Y Bigotes estaba en el sótano, a menos de quince metros, sobreviviendo de ratones y del agua que goteaba de un tubo. Rogelio estiró la mano y le rascó detrás de la oreja, justo donde le gustaba, ese punto que lo hacía ronronear como un motorcito. El gato entreabrió un ojo, estiró una pata y la apoyó sobre el brazo de Rogelio. Luego volvió a cerrar el ojo.
El ronroneo llenó la sala. Afuera, la niebla se levantaba del todo y el sol empezaba a dar contra la ventana. Rogelio se quedó así un rato largo, mirando cómo la luz de enero le caía al gato en el lomo, iluminándole los bigotes chuecos y la calva de la pata. No se movió. No hacía falta.







