El gato sabía por qué aquella rubia estaba en la cama

La rubia despeinada estaba de pie sobre el colchón, pegada a la pared y vestida con un camisón de satén tan fino que casi no ocultaba nada.

En el centro de la cama estaba Gabo, el enorme gato gris de Mateo.

Movía la cola con lentitud, satisfecho, como si acabara de terminar una misión importante.

Camila se quedó inmóvil en la puerta del dormitorio.

La bolsa con café que llevaba en la mano cayó al piso.

—¿Valeria?

La mujer se cubrió el pecho con una almohada.

—Camila, quita a ese animal de aquí.

Gabo enseñó los dientes.

Todo había comenzado la mañana anterior.

—Amor, ¿hoy no trabajas de noche, verdad? —preguntó Mateo mientras preparaba huevos con tortillas.

Camila era paramédica y acababa de terminar una semana agotadora de turnos dobles.

—Por fin tengo la noche libre. ¿Por qué?

—Una amiga de la secundaria está en Miami. Hace años que no la veo. Me escribió para tomarnos algo.

—¿Una amiga?

Mateo sonrió con demasiada rapidez.

—Valeria. Éramos compañeros. Nada más.

Camila decidió no convertir una cena en una pelea.

—Ve. Gabo y yo tendremos una noche tranquila.

El gato levantó la cabeza desde el sofá y miró a Mateo con el mismo gesto severo que usaba para juzgar a todos.

Gabo era famoso por su mal carácter. Escondía llaves, tiraba vasos y una vez había dejado encerrado al primo de Mateo en el balcón.

A Camila, en cambio, la había aceptado desde el primer día.

Ella conoció a Mateo durante una llamada de emergencia. Él llevaba horas con un dolor insoportable, pero se negaba a ir al hospital porque no tenía con quién dejar al gato.

—No puedo abandonarlo —repetía, doblado sobre sí mismo.

Camila llamó a una vecina, organizó todo y finalmente logró subirlo a la ambulancia.

Después de que lo operaron, ella pasó por su apartamento para comprobar que estuviera bien.

Aquella visita se convirtió en café. El café en cena. La cena en una conversación que duró hasta las tres de la mañana.

Cuando Camila intentó irse, Gabo se acostó frente a la puerta y no se movió.

—Creo que quiere que te quedes —dijo Mateo.

Tres meses después, la ropa de Camila ocupaba la mitad del clóset y su champú estaba en la ducha. Mateo hablaba de vacaciones juntos y, algunas noches, de hijos.

Por eso ella eligió confiar.

Mateo regresó de su encuentro pasada la medianoche. Olía a vino y a un perfume dulce que Camila no usaba.

Gabo olfateó su camisa, bajó las orejas y se alejó.

—Qué exagerados son los dos —bromeó Mateo.

Camila se obligó a sonreír.

Al día siguiente, mientras su ambulancia esperaba frente a un café de Brickell, su compañera vio a un hombre junto a la ventana.

—Oye, ¿ese no es Mateo?

Frente a él estaba sentada una rubia alta. Se inclinaba sobre la mesa y tenía una mano apoyada sobre la muñeca de Mateo.

Camila sintió un nudo en el estómago.

—Es su amiga de la escuela.

—Parece una amiga muy cariñosa.

Esa noche, Camila preguntó sin rodeos.

Mateo admitió que Valeria acababa de regresar a Miami después de una separación. Buscaba empleo, apartamento y ayuda para empezar de nuevo.

—¿Por qué no me dijiste que volverías a verla?

—Sabía que te preocuparías sin motivo.

—Ocultarlo me da más motivos para preocuparme.

Mateo pidió disculpas y propuso presentarlas.

Valeria llegó dos días después con un vestido blanco ajustado y una botella de vino costoso. Abrazó a Mateo por el cuello y besó su mejilla.

—Así que tú eres Camila —dijo, observándola de arriba abajo—. Mateo me contó que trabajas en ambulancia. Debe ser difícil mantener una relación con esos horarios.

—Lo hacemos funcionar.

—Por ahora —respondió Valeria con una sonrisa.

Durante la cena habló de fiestas escolares, viajes a Key West y promesas que ella y Mateo habían hecho cuando tenían veinte años.

—Éramos unos niños —dijo Mateo.

—Pero tú querías casarte conmigo —contestó ella.

Camila bajó la mirada hacia su plato.

Mateo no negó la frase.

Cuando Valeria tocó su hombro, Gabo saltó sobre la mesa y derramó una copa de sangría sobre su vestido.

—¡Ese gato está loco!

Camila cargó a Gabo y lo llevó al pasillo.

—Te portaste mal —susurró.

El gato comenzó a ronronear.

Más tarde cayó una tormenta. Varias calles se inundaron y Valeria afirmó que la amiga con quien se hospedaba no podía recogerla.

—Puedo dormir en el sofá —dijo—. Solo esta noche.

Camila miró a Mateo.

Él esperó que ella tomara la decisión incómoda.

—Una noche —aceptó finalmente.

A las cinco de la mañana, Camila recibió una llamada del supervisor. Faltaba personal para cubrir un accidente múltiple en la I-95.

Se vistió y salió.

Cerca del mediodía, cancelaron el resto de su turno. Camila compró café cubano y pastelitos para sorprender a Mateo.

Al entrar al apartamento, vio un vestido blanco tirado en el pasillo.

Había un tacón junto al baño y otro debajo de una silla.

Desde el dormitorio llegó el gruñido profundo de Gabo.

Camila abrió la puerta.

Valeria estaba de pie sobre la cama en un camisón transparente. Gabo bloqueaba el borde del colchón.

—¡Saca a ese animal! —gritó.

—¿Dónde está Mateo?

—Salió a comprar algo.

—¿Por qué estás en nuestro dormitorio?

Valeria dejó de fingir miedo.

—¿Nuestro? Tú llegaste hace tres meses, Camila. No confundas dejar un cepillo de dientes con construir una vida.

—Vístete.

—Deberías escuchar primero lo que Mateo me contó.

Camila sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Qué te contó?

—Que está cansado de esperarte mientras salvas a desconocidos. Que llega a casa y siempre está solo. Que todo entre ustedes ocurrió demasiado rápido.

En ese momento se abrió la puerta principal.

Mateo apareció con una bolsa de farmacia.

Al verlas, se quedó pálido.

Valeria cruzó los brazos.

—Díselo —ordenó—. Dile que tú y yo siempre terminamos regresando el uno al otro.

Camila miró a Mateo.

Él no respondió de inmediato.

Valeria sonrió.

—También me dijo que tú solo estabas aquí hasta encontrar un apartamento mejor. Así que no hagas una escena. Recoge tus cosas y déjanos resolver lo nuestro.

Camila comprendió que estaba a punto de descubrir si había compartido una vida con Mateo o solamente una ilusión.

—Valeria, vístete y sal de mi casa —dijo Mateo.

La sonrisa de ella desapareció.

—¿Qué?

—Yo nunca dije que Camila fuera temporal. Nunca te invité a este cuarto y jamás te prometí que volveríamos.

—Pero dijiste que te sentías solo.

—Porque extraño a Camila cuando trabaja. No porque quiera reemplazarla.

Valeria señaló el camisón.

—No actuabas tan indignado cuando me besaste anoche.

Camila cerró los ojos.

Mateo bajó la cabeza.

—Es verdad —admitió—. Me besó y tardé unos segundos en apartarme.

El dolor fue silencioso, pero profundo.

—¿Unos segundos? —preguntó Camila.

—Sí. Y no tengo excusa.

Mateo explicó que Valeria había aparecido con el camisón escondido en su maleta. Cuando Camila salió, ella comenzó a hablar de la relación que habían tenido. Después intentó besarlo.

Mateo respondió durante un instante antes de reaccionar.

Gabo saltó sobre Valeria, le arañó el tobillo y la persiguió hasta el dormitorio. Mateo había salido a comprar desinfectante.

—No me acosté con ella —dijo.

—Pero abriste la puerta mucho antes de que ella entrara a este cuarto —respondió Camila—. Le hablaste de nuestros problemas, ocultaste sus encuentros y me hiciste sentir culpable por desconfiar.

Mateo no discutió.

—Tienes razón.

Valeria bajó de la cama por el lado opuesto al gato.

—Todo esto es ridículo. Los hombres se quejan de sus novias. No significa nada.

Camila abrió la puerta del apartamento.

—Entonces no debería costarte nada irte.

Valeria miró a Mateo.

—¿Vas a permitir que me eche bajo la lluvia?

Mateo le entregó su vestido.

—Te pediré un carro. Pero te vas.

Cuando Valeria salió, Mateo intentó tomar la mano de Camila.

Ella retrocedió.

—No me pidas que te perdone porque ahora tienes miedo.

—Te amo.

—También me amabas cuando decidiste mentirme.

Camila colocó ropa en una maleta pequeña.

Gabo se metió dentro y se acostó sobre sus blusas.

Mateo dejó escapar una risa triste.

—Parece que quiere irse contigo.

Camila acarició al gato.

—Él no tolera bien las mentiras.

Finalmente dejó a Gabo con Mateo, pero el animal se sentó frente a la puerta y maulló durante horas.

Camila volvió a su propio apartamento.

Durante varias semanas, Mateo no intentó convencerla con flores ni promesas. Le envió una sola carta.

En ella escribió:

“Me gustaba sentir que dos mujeres me consideraban importante. Quise conservar tu amor y también la admiración de Valeria. No fue una confusión. Fue egoísmo. Te extraño, pero extrañarte no me da derecho a exigirte que regreses.”

Camila lloró al leerla.

No volvió inmediatamente.

Comenzaron a verse en lugares públicos. Mateo contestó cada pregunta difícil. Reconoció que la fidelidad no comienza cuando alguien se quita la ropa, sino cuando uno decide qué conversaciones, secretos y espacios pertenecen a la pareja.

También empezó terapia.

Camila puso condiciones claras: ninguna mentira para “evitar problemas”, ninguna conversación íntima con otra mujer sobre asuntos que no se atreviera a hablar con ella y ninguna presión para perdonar antes de tiempo.

Mateo aceptó.

La confianza regresó despacio.

Llegó en mensajes enviados antes de que Camila tuviera que preguntar. En verdades incómodas dichas a tiempo. En noches en que Mateo la esperaba despierto sin hacerla sentir culpable por su trabajo.

Cuatro meses después, Camila volvió al apartamento.

Gabo corrió hacia ella, se levantó sobre las patas traseras y apoyó las delanteras en su cintura.

—Yo también te extrañé —susurró.

Mateo observaba desde la cocina.

—No voy a preguntarte si te quedas para siempre —dijo—. Solo quiero que cada día tengas una razón honesta para quedarte un día más.

Camila extendió la mano.

Mateo la tomó.

Un año después firmaron juntos el contrato de un apartamento nuevo. Ninguno era invitado en la vida del otro.

La primera noche, Gabo se acostó exactamente en medio de la cama.

—Todavía no confía en mí —dijo Mateo.

—Confía —respondió Camila—. Solo supervisa.

Mateo sonrió y besó la frente de ella.

Con el tiempo, Camila entendió que el gato no había salvado su relación atacando a Valeria.

La había salvado obligándolos a mirar una verdad que ambos habrían preferido esconder.

Porque una casa no se destruye únicamente cuando alguien cruza la puerta.

A veces comienza a romperse cuando una persona amada deja esa puerta entreabierta y espera que tú finjas no sentir el aire frío.

Gabo, por suerte, nunca fingía.

Y desde aquella noche, tampoco ellos.

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El gato sabía por qué aquella rubia estaba en la cama