El bolso blanco

Sofía se sentó en la banca de madera cerca del muelle, después de asegurarse de que no tuviera polvo ni astillas que pudieran enganchar su vestido color marfil. Sostenía en el regazo un bolso blanco, impecable, que había comprado especialmente para ese viaje a Long Beach. Era de esos bolsos que gritan vacaciones apenas los ves. Un capricho de última hora en una tienda del outlet, antes de tomar el avión desde Phoenix.

El mar se veía plomizo a esa hora, pero el aire olía a sal y a pescado fresco del mercado de abajo. Cada atardecer, Sofía se ponía algo bonito y salía a caminar por el malecón. Era un ritual heredado de su madre: si tienes ropa linda, úsala aunque sea para ti misma. En casa, entre el trabajo en la clínica dental y los nietos que cuidaba dos veces por semana, los vestidos elegantes dormían en fundas de plástico. Aquí, en el pequeño hotel frente al mar, Sofía se había propuesto recuperar la sensación de ser una mujer atractiva, no solo una abuela eficiente.

Vio de reojo cómo se acercaba Ricardo. Siempre impecable, con una camisa de lino azul cielo y mocasines sin calcetines, como salido de un anuncio de perfume italiano. Tenía el cabello plateado en las sienes, peinado hacia atrás con gel. Ya se habían cruzado un par de veces en el desayuno, y él siempre le sostenía la mirada un segundo más de lo necesario.

—¿Puedo sentarme? —preguntó él, señalando el espacio a su lado.

Sofía asintió, y él se acomodó con la soltura de quien está acostumbrado a ocupar cualquier lugar como si fuera suyo.

—Qué lindo atardecer, ¿no? —dijo Ricardo, apoyando el brazo en el respaldo de la banca, muy cerca de los hombros de ella—. Aunque el paisaje pierde un poco con tanta gente alrededor. Conozco un sitio, allá atrás del faro, donde se ve el Pacífico sin turistas. Las olas rompen contra las rocas y el sol se mete en el agua como una moneda al rojo vivo.

Sofía sonrió por el esfuerzo poético. El hombre sabía hablar. Quizás demasiado.

—Suena tentador —respondió ella, sin comprometerse.

—Pues vamos —Ricardo se inclinó hacia adelante, entusiasmado—. Ahora mismo. Total, aún falta una hora para la cena en el hotel. Y de paso me cuenta de usted. ¿A qué se dedica? ¿Está aquí sola? —hizo una pausa teatral—. Porque si está sola, es un crimen contra la humanidad.

Sofía se rio. Hacía mucho que nadie le echaba flores con tanto descaro. En Phoenix, Mateo, su esposo, era más de hacerle café por las mañanas que de decirle cosas bonitas. Palabras justas, abrazos seguros, pero cero teatro.

—Soy higienista dental —dijo ella—. Y sí, estoy sola. Bueno, sola en el hotel.

—Entonces no está sola —Ricardo le rozó la muñeca con la punta de los dedos—. Tiene compañía. Si quiere.

Ella retiró la mano despacio, sin brusquedad. No quería ser descortés. Ricardo era atractivo, sí, pero había algo en ese roce que le hizo recordar un chispazo eléctrico antes de una tormenta. Algo vibraba en el aire y no sabía si era emoción o alarma.

—Una caminata rápida —aceptó finalmente—. Pero regreso a tiempo para la cena.

—Trato hecho.

Se levantaron. Sofía recogió su bolso blanco, ese que combinaba perfecto con el vestido, y echó a andar junto a él por el malecón.

Caminaban con paso tranquilo, hombro con hombro, mientras Ricardo señalaba los veleros anclados en la bahía y contaba anécdotas de un viaje a Cartagena. Sofía lo escuchaba a medias; disfrutaba más el viento caliente en la cara y el sonido de las gaviotas. Hacía meses que no caminaba así, sin prisa, sin perros que pasear ni nietos que perseguir.

Al doblar una esquina del muelle, Sofía tropezó con un tablón suelto. El bolso blanco salió volando de su mano y aterrizó justo sobre un charco de agua sucia, mezcla de salitre, gasolina de los botes y mugre del puerto. Se oyó un splash mínimo, pero suficiente para que el alma de Sofía se encogiera.

—¡Ay, no! —exclamó, agachándose de inmediato.

Ricardo se adelantó y levantó el bolso con dos dedos, como quien recoge un calcetín sucio. El fondo, antes blanco como un lirio, estaba ahora moteado de manchas grisáceas y una película aceitosa.

—Tranquila, eso sale con agua y jabón —dijo él, quitándole importancia—. ¿Seguimos?

Sofía tomó el bolso y lo examinó con el ceño fruncido. Había una mancha más oscura, casi negra, que se había incrustado en la costura. Sacó un pañuelo de papel del bolsillo y frotó, pero solo consiguió extender la mugre.

—Creo que mejor voy al hotel a limpiarlo bien antes de que se seque —dijo ella, con un tono de disculpa que no sentía del todo.

—Bueno, si insistes… —Ricardo se pasó la mano por el cabello, algo contrariado—. Te espero a las ocho junto a la fuente del lobby. Hay un bar allá arriba, en la terraza, con unas luces preciosas. Ideal para un cierre de noche.

—Lo pensaré —respondió Sofía, aunque por dentro ya sabía que no iría.

Subió a su habitación con el bolso en la mano, estirado lejos del cuerpo como si llevara un animal muerto. En el baño, lo puso bajo el chorro de agua tibia y restregó con la pastilla de jabón del hotel. La espuma salía blanca, pero al enjuagar, la mancha seguía allí, fantasma, apenas visible pero presente. Una sombra sucia bajo la piel de la imitación cuero.

Lo colgó de la percha en el armario y se quedó mirándolo.

Algo se había roto. No el bolso. Otra cosa.

Sonó el teléfono. La foto de Mateo apareció en la pantalla, esa que le tomó a él dormido en el sofá, con la boca abierta y el control remoto en la panza. Atendió en altavoz.

—Mamá, soy Lucía. Papá dice que si la salsa de los spaghetti lleva albahaca o perejil. Y Diego y Emilio están discutiendo a ver quién se tira primero por el tobogán de la alberca. Y yo tengo tarea de matemáticas. Y nadie me ayuda porque la abuela se fue de vacaciones.

Sofía sonrió. De fondo oyó el grito de Mateo: “¡Lucía, pregúntale también lo del postre! ¿Horneo el pastel de queso o mejor vamos a comprar nieve?”

—Lucía, pásame a tu papá.

Esperó unos segundos mientras del otro lado llegaban ruidos de cacerolas, un chasquido y la voz grave de su esposo.

—¿Todo bien, gordita? Aquí sobreviviendo. Los niños están insoportables, pero contentos. Anoche Emilio dijo que el hotel donde estás seguro tiene monstruos marinos. Cree que estás en una isla llena de tiburones.

—Mateo…

—Dime.

—¿Tú crees que uno se puede ensuciar sin darse cuenta?

Hubo un silencio breve. Luego Mateo respondió, en ese tono serio que usaba cuando de verdad pensaba las cosas:

—Todo se limpia, Sofía. Lo que no, se reemplaza. Pero lo importante nunca se ensucia.

Ella miró el bolso blanco colgado, con su tenue cicatriz gris. Pensó en el roce de Ricardo, en la caminata, en el bar en la terraza con luces bonitas. Pensó en Mateo, que probablemente tenía las manos llenas de harina y salsa de tomate, peleando con nietos y ollas.

No necesitaba la terraza. Ni las luces.

—Mateo, ¿puedes venir a recogerme el sábado en lugar de que yo tome el autobús? Termino el check-out a las once de la mañana. Llegas, caminamos un rato por la playa y nos regresamos juntos.

—¿En serio? ¿No prefieres dormir en el camión y descansar?

—Prefiero verte más temprano. Tráete las chanclas.

—Voy para allá —dijo Mateo, y Sofía sintió en su voz la misma alegría contenida del día que se casaron.

Colgó. Se quedó sentada en la cama un rato, mirando la bahía por la ventana. El sol ya se había puesto, pero el cielo conservaba una franja naranja, como una quemadura lenta.

Se puso de pie, descolgó el bolso blanco y lo examinó de cerca. La mancha seguía allí, disimulada pero indeleble. Lo abrió, guardó el teléfono, la cartera y el llavero de una vaquita que le había regalado su nieto Emilio.

Quizá lo tiraría al llegar a casa. O quizá lo guardaría como recordatorio: una mancha es solo una mancha, pero algunas no valen la pena.

Bajó al comedor del hotel. Las meseras ya empezaban a encender las velas chiquitas sobre los manteles blancos. Desde la puerta de cristal vio a Ricardo, apoyado en la fuente del lobby, mirando el reloj.

Sofía tomó aire y caminó hacia él.

—Al final no voy a poder acompañarte a la terraza —le dijo, con una sonrisa amable pero firme—. Gracias por la invitación.

Ricardo alzó las cejas, sorprendido. Luego sonrió con la comisura torcida, ese gesto de quien no está acostumbrado a un “no”.

—Una lástima. De verdad.

—Buenas noches, Ricardo.

Sofía giró y se fue hacia las mesas de la cena. Buscó una junto a la ventana, desde donde se veían las luces de los barcos pesqueros. Pidió una copa de vino tinto, sacó el teléfono y le escribió a Mateo: “El sábado te muestro una playa divina. Y no me dejes comer más postres, que no me cierran los pantalones.”

Del otro lado llegó una foto: Mateo y los nietos haciendo muecas, con las caras manchadas de chocolate.

Sofía guardó el teléfono en el bolso blanco, el de la mancha casi invisible, y brindó sola, en silencio, por el ruido bendito de su casa.

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Соняшник
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