Adrián empujó la puerta del terminal de autobuses con la cadera. La transportadora golpeó suavemente contra el marco metálico y dentro, Canela soltó un quejido corto. Nada grave, pero suficiente para que él apretara los dedos alrededor del asa de plástico. En cinco años, la perra solo había salido de casa para ir al veterinario de la esquina. El terminal ya hervía con la vida de las seis de la tarde. Maletas con rueditas golpeaban el piso de cemento pulido, el altavoz escupía anuncios de salidas con ese tono de disculpa permanente y desde el fondo llegaba olor a empanadas recalentadas. Afuera, las palomas se peleaban por una bolsa de papas fritas tirada junto al andén.
Encontró un hueco libre cerca de la puerta 7. Apoyó la transportadora en el suelo, se sentó en el banco de plástico azul y estiró las piernas. Faltaban treinta y cinco minutos para la salida. Lo peor. La espera nunca se llena con cosas lindas; siempre se llena con lo que uno quiere evitar. Compró un café en la máquina. El líquido salió aguado y amargo. Lo tomó de pie, sintiendo cómo el vaso tibio le calentaba los dedos. El teléfono seguía mudo. Ni un solo mensaje.
Adentro, Canela raspó el fondo de plástico con una pata. La uña hizo un ruido seco, como un papel que se rasga despacio.
Esta mañana todo parecía más fácil. Valeria estaba en la cocina, de espaldas, con una taza de manzanilla. La sudadera gris de la universidad le quedaba grande; las mangas le cubrían casi los dedos. La llevaba usando desde hacía años. Decía que ninguna prenda nueva abrigaba igual, aunque ya tenía las costuras deshilachadas. Olía a pan tostado y a ese aroma a quemado suave que dejaba la tostadora si no le limpiabas las migas. La ventana entreabierta no alcanzaba a ventilarlo.
Adrián armaba la mochila en el pasillo. Metió la laptop, el cargador, una muda de ropa. Del estante del clóset bajó la transportadora polvorienta que no usaban desde la última vacunación. El aire todavía olía a betún. Anoche limpió sus botas, solo para darle algo a las manos.
Canela estaba echada junto a la mochila. Una perra mestiza, color caramelo, con una oreja siempre doblada hacia atrás. Miraba a Adrián y luego a la cocina, de vuelta, como si siguiera un partido de tenis. Se levantó, se acercó a la mochila y restregó el lomo contra la cremallera, dejando su marca. Después volvió a echarse.
—¿En serio piensas llevártela?
Valeria ni siquiera levantó los ojos de la taza.
—Es mi perra.
—No solo tuya. Lleva años con nosotras.
Adrián cerró la mochila. Comprobó el bolsillo izquierdo de la chaqueta: seguía teniendo el hilo suelto de siempre. Sobre la repisa había dos juegos de llaves. Agarró el suyo.
—Va a pasarlo mal en el viaje.
—Estará bien. Aguanta.
La manzanilla ya estaba fría. Pero Valeria seguía sosteniendo la taza con las dos manos, sin moverse.
Adrián abrió la transportadora. Canela olisqueó el borde, miró una vez más hacia la cocina y solo entonces metió la cabeza. No dio un paso más hasta que Valeria, sin girarse, apoyó la taza en la encimera. La perra entró despacio. La rejilla metálica se cerró con un clic que sonó más fuerte de lo normal.
Esa fue la última imagen que se llevó de casa: la sudadera gris, los dedos delgados apretando la cerámica.
Ahora en el terminal, Canela volvió a arañar el fondo de la caja. Adrián se agachó. La perra estaba encogida, las patas dobladas bajo el pecho. Respiraba rápido, con la lengua apenas afuera. Nada que ver con las siestas en el sofá. Pasó un carrito de equipaje traqueteando y Canela retrocedió hasta aplastarse contra la esquina. Adrián metió un dedo por la rejilla para tocarle el hocico. Lo tenía seco y caliente. En casa siempre lo recibía con la nariz fría y húmeda, empujándole la mano. Ahora Canela apartó la cabeza y siguió pegada al fondo.
Al lado se sentó una chica con auriculares y una mochila de viaje enorme. Miró la transportadora y sonrió.
—Qué linda. ¿Se mudan?
Adrián dijo que sí con la cabeza. Ella siguió hablando, pero él ya no la escuchaba. Sonaba otra vez la voz de Valeria de esta mañana: *Va a pasarlo mal en el viaje*. Como si supiera en qué iba a terminar todo esto.
Más allá, un señor de gorra le tiraba migas a las palomas junto a la puerta. Los pájaros se amontonaban alrededor de sus zapatos. Uno se subió a la rodilla del tipo, que ni se inmutó. Adrián desvió la mirada.
El altavoz escupió la salida del autobús a Houston por la puerta 5. No era el suyo. El de San Antonio todavía figuraba en pantalla con «a bordo». Quedaban veinte minutos.
Abrió los contactos del teléfono. Buscó a Valeria. El chat estaba vacío. Los dedos se quedaron quietos sobre la pantalla. Quería escribir algo. No disculpas ni promesas. Al menos una palabra que explicara por qué se llevaba lejos al único ser vivo que recordaba cómo olía la cocina de los dos. Pero no apareció ninguna. La pantalla se apagó. Junto al vaso de café había una servilleta arrugada. Canela soltó un quejido bajito, casi un silbido. Adrián nunca se lo había oído. Un sonido fino, como el aire que se escapa de un globo pinchado. Apoyó la palma en el techo de la transportadora. El plástico estaba tibio, más que antes. La perra no se movió.
El autobús ya estaba estacionado junto al andén 7. Un monstruo plateado con el letrero de San Antonio parpadeando en el frente. El chofer revisaba boletos a una pareja mayor. Adrián se quedó un paso atrás. El viento del estacionamiento traía olor a gasoil y a lluvia fina que empezaba a caer. Dejó la transportadora en el suelo y abrió la tapa superior. Canela emitió un gruñido suave y se apretó más contra la esquina. Intentó acariciarle la cabeza; la perra giró el hocico hacia otro lado y apoyó la frente contra la rejilla.
Cinco años limitada a un departamento. Canela conocía cada tabla del piso que crujía, cada hora exacta en que silbaba la tetera, cada clic de la cerradura cuando Valeria volvía del trabajo. Le bastaba con ese mundito. Y ahora Adrián la llevaba en una caja de plástico por todo el país, porque él no soportaba llegar solo a un departamento vacío.
Anoche Canela todavía estaba en su regazo, pesada y caliente, mientras él miraba anuncios de alquiler en San Antonio. Con ese peso sobre las piernas, parecía que uno podía vivir en cualquier lado. Ahora la misma perra tiritaba y no reconocía ni su mano.
Y entonces pensó algo tan obvio que se le enfriaron las palmas: no se la llevaba por ella. Se la llevaba para no admitir que el camino lo había elegido solo. Para oír una respiración en la cocina nueva, para servir croquetas al amanecer, para no confesarse que él mismo había armado esa soledad.
Retiró la mano.
Cuando levantó la vista, Valeria estaba a cinco pasos. Respiraba agitada. Seguro corrió desde la parada del metro. Una raya de lágrima le bajaba por la mejilla. Tenía el pelo suelto y mechones pegados a la frente por la llovizna. No rogó. No dijo nada. Se acercó y se agachó junto a la transportadora. Metió los dedos por la rejilla y se quedó así, esperando.
Pasó un segundo. Dos.
Canela levantó la cabeza. Se giró despacio. La cola golpeó la pared de plástico. Avanzó medio paso y apoyó el hocico contra los nudillos de Valeria. La rejilla se combó apenas. La perra empezó a mover la cola. No con alegría, sino con un alivio lento, como si por fin se hubiera desinflado el miedo. Valeria le rascó detrás de la oreja torcida. Esa oreja que Adrián le curó con suero cuando de cachorra se lastimó contra la pata de la mesa.
El chofer pidió a los acompañantes que bajaran del andén.
Adrián miró los dedos delgados de Valeria, la perra que ya no se escondía, el hocico húmedo apretado contra una mano que no era la suya.
—Llévatela.
Valeria alzó los ojos.
—¿Estás seguro?
—Llévatela.
Agarró la mochila. Giró hacia el autobús. Y no miró atrás. El chofer dijo algo, le revisó el boleto, él estiró el brazo sin pensar. Porque si se daba vuelta en ese momento, iba a ser peor. Iba a ver a la mujer que no había ido al terminal por él.
En el interior olía a tapizado viejo y a ese perfume barato de ambientador de autobús. Puso la mochila en el portaequipajes y se sentó junto a la ventanilla. Viajaría solo. El andén ya estaba casi vacío. Solo quedaban las palomas, caminando como si nada sobre el cemento mojado.
El autobús arrancó. Una sacudida suave, y las luces del terminal empezaron a desfilar. Adrián metió la mano en el bolsillo de la chaqueta. En el fondo, los dedos tocaron algo suave y áspero: un ovillo diminuto de pelo color caramelo.
Media fila más atrás alguien hablaba por teléfono. Entre el ruido del motor y el llanto de una criatura, le llegó una sola palabra:
—Te extraño.
El terminal quedó atrás. Después desaparecieron las últimas casas de la ciudad. Luego las palmeras. Y delante solo se extendía un terreno llano y oscuro. Tan callado y vacío como el departamento al que iba a llegar dos horas más tarde.







