Todas las noches, después de cenar, sacaba a pasear a mis dos perros pastores por un sendero detrás del complejo de apartamentos donde vivíamos, en las afueras de San Antonio.
Rocky era un pastor alemán negro y café, elegante y siempre alerta. Duke era más grande, gris con tonos rojizos, y tenía tanta fuerza que cuando tiraba de la correa parecía que yo llevaba amarrado un caballo.
Para llegar al terreno donde los perros podían correr un poco, teníamos que pasar junto a una caseta abandonada del antiguo sistema de riego.
Y allí estaba él.
Un gato gris enorme.
Tenía el pecho ancho, una oreja partida y unos ojos amarillos que no parecían temerle a nada. Se sentaba exactamente en medio del camino, con la cola rodeándole las patas, como si el terreno entero le perteneciera.
Rocky y Duke se volvían locos en cuanto lo veían.
Ladraban, gruñían y jalaban con todas sus fuerzas.
El gato no corría.
Ni siquiera se levantaba.
Los miraba con una calma tan absoluta que daba la impresión de que los dos perros eran simples cachorros haciendo un berrinche.
“¿Podrías moverte un poquito?” le pedí una vez, mientras trataba de no caerme. “No te estoy pidiendo que abandones el estado de Texas. Solo hazte a un lado.”
El gato parpadeó lentamente.
Duke ladró más fuerte.
Él siguió sentado.
A veces, lo admito, sentía la tentación de aflojar las correas y dejar que mis perros aprendieran una lección.
No porque quisiera que lastimaran al gato. Al contrario. Había algo en su seguridad que me hacía pensar que los que terminarían humillados serían ellos.
Pero nunca los solté.
Quería a mis perros, y poco a poco también empecé a sentir afecto por aquel extraño animal.
Comencé a llevarle pedazos de pollo, un poco de carne molida cocida o parte de una hamburguesa casera.
Al principio, el gato se alejaba varios metros. Yo dejaba la comida junto a la caseta y le decía:
“Perdona a estos dos. No saben comportarse. Ya entendí que tú eres el jefe.”
Él esperaba hasta que nos alejáramos.
Después se acercaba a comer.
Con el paso de las semanas, dejó de huir. Solo caminaba unos pasos, más por dignidad que por miedo.
Lo llamé General.
Una vecina llamada Marta me escuchó hablar con él una noche.
“Ese gato te entiende,” dijo.
“Entonces que les explique a mis perros que no es una ardilla.”
“Tus perros se enojan porque él no les tiene miedo.”
Probablemente tenía razón.
Algo me llamaba la atención: el General siempre aparecía desde la parte trasera de la caseta. A veces tomaba un pedazo de comida y desaparecía debajo de una tabla. Luego regresaba por otro.
Pensé que escondía la comida para después.
Una noche escuché un maullido muy agudo detrás de la caseta. Me acerqué, pero el General salió de golpe y me bufó.
“Está bien,” le dije. “Es asunto tuyo.”
Días después comenzó una temporada de tormentas.
Una tarde el gato no apareció.
Rocky y Duke olfatearon el lugar donde se sentaba. Por primera vez no ladraron. Gimieron y miraron hacia la caseta.
La noche siguiente, el General regresó con el pelaje sucio y una herida en la pata.
Le ofrecí pollo.
No comió.
Miró hacia atrás y soltó un maullido ronco.
“¿Qué te pasa?”
Caminó hacia la caseta y volteó a verme.
Yo estaba cansado. Había tenido un día terrible en el trabajo y decidí que revisaría el lugar a la mañana siguiente.
No lo hice.
Todavía me pesa recordarlo.
Dos noches más tarde, una tormenta brutal cayó sobre la ciudad. El viento doblaba los árboles y el agua corría por las calles como si fueran pequeños ríos.
Pensé en no sacar a los perros, pero Duke caminaba de un lado a otro y Rocky esperaba junto a la puerta.
Apenas llegamos al sendero, ambos comenzaron a tirar.
El General estaba allí, empapado.
Pero esa noche no se veía arrogante.
Se veía desesperado.
Corrió hacia nosotros, se detuvo a pocos pasos de los perros y lanzó un grito.
Duke se abalanzó.
El gato corrió hacia la caseta, pero se detuvo y miró hacia atrás.
Volvió a acercarse.
Después corrió otra vez.
“No estás escapando,” murmuré. “Quieres que te sigamos.”
El General maulló con más fuerza.
Los perros tiraron al mismo tiempo.
Sentí un golpe seco en la mano.
El broche de la correa de Duke se había roto.
El perro quedó libre.
Bajó la cabeza y corrió directamente hacia el gato.
El General no huyó.
Se plantó frente a la abertura oscura bajo la caseta, y durante un segundo pensé que estaba a punto de presenciar algo que jamás podría perdonarme.
“¡Duke, no!”
El perro no se detuvo.
El General esperó hasta el último instante, le dio un zarpazo en el hocico y desapareció detrás de la caseta.
Duke fue tras él.
Yo corrí con Rocky, preparado para separarlos.
Entonces escuché un sonido pequeño.
No era un gruñido.
Eran chillidos.
Detrás de la caseta había un canal de drenaje. El agua estaba subiendo rápidamente y, dentro, había tres gatitos.
Uno se aferraba a unas raíces. Otro estaba atrapado bajo una tabla. El tercero era arrastrado hacia una tubería.
El General caminaba por el borde, maullando con desesperación.
“Dios mío.”
Amarré a Rocky a un poste y bajé al canal.
El agua me llegaba casi hasta las rodillas.
Tomé al primer gatito. Después levanté la tabla para sacar al segundo.
El más pequeño resbaló hacia la tubería.
Antes de que pudiera alcanzarlo, Duke saltó al agua.
Por un instante tuve miedo.
Pero el perro no mordió al gatito.
Metió el hocico debajo de su cuerpo y lo empujó suavemente contra la pared, evitando que la corriente se lo llevara.
Lo recogí con ambas manos.
El General miró a Duke.
Duke bajó la cabeza.
El perro que había intentado perseguirlo durante semanas estaba temblando en el agua, protegiendo a un gatito que cabía en la palma de mi mano.
Llevamos a los tres a casa dentro de una caja.
El General nos siguió, aunque se quedó afuera de la puerta.
Marta trajo toallas y una almohadilla térmica. Llamamos a una clínica veterinaria de emergencia y seguimos sus instrucciones para alimentar y calentar a los pequeños.
El General no se movió del pasillo exterior.
Abrí la puerta cerca de la medianoche.
“Están vivos,” le dije. “Ven.”
Miró a Rocky y a Duke.
Los dos perros estaban acostados en el piso.
Por primera vez no ladraron.
El General entró lentamente.
Rocky levantó la cabeza. El gato se detuvo.
Entonces Rocky apartó la mirada y volvió a apoyar la barbilla en el suelo. Duke hizo lo mismo.
El General caminó entre ellos, saltó dentro de la caja y rodeó a los gatitos con su cuerpo.
Solo entonces cerró los ojos.
Al día siguiente supimos que una gata callejera había muerto atropellada cerca de la avenida. El General no era la madre de los gatitos y probablemente tampoco era su padre.
Simplemente los había encontrado.
Les llevaba comida y vigilaba la entrada todas las noches.
No se sentaba en nuestro camino para desafiar a mis perros.
Se sentaba allí para impedir que se acercaran a los huérfanos.
El gatito más pequeño enfermó. Lo llamamos Chico.
Durante varias noches, Duke durmió junto a la caja. Cuando Chico lloraba, el perro acercaba su cuerpo para darle calor.
Al principio, el General vigilaba cada movimiento.
Luego dejó de bufar.
Una mañana encontré a Chico dormido entre las patas delanteras de Duke. El General estaba recostado contra el costado del perro.
Parecían una familia que siempre había estado junta.
Dos gatitos fueron adoptados por vecinos.
Chico se quedó con nosotros.
El General también, aunque nunca renunció del todo a su libertad. Salía cada mañana, patrullaba la zona y regresaba antes de que oscureciera.
Rocky y Duke ya no le ladraban.
Caminaban hasta él con la cabeza baja. El General los saludaba tocando su nariz con la de ellos.
Meses después, el General desapareció.
Lo buscamos durante dos días. Chico se quedó junto a la ventana. Duke no quiso comer.
La tercera mañana, Rocky me llevó hacia un terreno en construcción. Detrás de una cerca caída encontramos al General atrapado entre alambres, herido y agotado.
Duke se acostó a su lado.
El gato apoyó la cabeza sobre la pata del perro.
Llegamos a tiempo a la clínica y pudo recuperarse.
La noche en que volvió a casa, Rocky y Duke durmieron junto a su transportadora. Chico metió una pata entre las rejas y la dejó sobre el rostro del gato.
Hoy, el General es más viejo. Camina despacio y pasa gran parte del día en el sofá.
Chico duerme a su lado. Los pastores se acomodan cerca, uno a cada extremo.
La gente suele decir que los perros y los gatos nacieron para ser enemigos.
Yo ya no lo creo.
A veces el miedo crea enemigos donde solo hay desconocidos. El orgullo los mantiene separados. Pero cuando aparece una vida pequeña que necesita ayuda, incluso los rivales pueden descubrir que están del mismo lado.
Durante semanas imaginé que aquel gato orgulloso podía enseñarles humildad a mis perros.
Y lo hizo.
Pero no con uñas ni dientes.
Les enseñó al confiarles aquello que más había protegido.
Y a mí me dejó una lección todavía más importante: quien se niega a apartarse de tu camino tal vez no esté tratando de enfrentarte.
Tal vez esté defendiendo a alguien que todavía no puedes ver.






