La gata desapareció por dos semanas; cuando volvió, trajo a un acompañante inesperado

Carmen apartó la cortina de la puerta de la cocina y casi deja caer la taza de café. Ahí, en el escalón del porche trasero, estaba la gata atigrada. Sucia, flaca, con el pelaje hecho un desastre. Y junto a ella, pegado a su costado como si le fuera la vida, un minino de color canela, de unos cuatro meses, con una oreja desgarrada y una pata trasera que arrastraba.

La gata la miró fijamente con sus ojos verdes y soltó un maullido corto, casi una exigencia.

—Pero… ¿estás viva? —murmuró Carmen, abriendo la puerta de malla.

La gata no retrocedió. Dio un paso hacia adelante, luego se giró y emprendió camino hacia la calle, con el minino renqueando detrás. Se detuvo, giró la cabeza. Esperaba.

Carmen lo entendió al instante. Calzó sus chanclas y la siguió. La gata atravesó tres parcelas, bordeó el rosal de doña Elena, la vecina, y se coló por un portón oxidado hasta la propiedad abandonada de los Ramírez. Bajo el porche trasero de la casa en ruinas, unos maullidos ahogados. Carmen se agachó: dos gatitos más, igual de escuálidos, con los ojos llenos de legañas.

—Ay, Dios mío… —susurró. La gata se restregó contra su tobillo y maulló de nuevo, tranquila, como quien presenta a alguien.

Eso fue lo que le partió el alma: no estaba pidiendo para ella, estaba trayendo a los que no podían valerse solos. Y Carmen, aunque llevaba media vida diciendo que ya no estaba para esos trotes, se encontró metiendo a los tres mininos en una transportadora improvisada y llevándoselos a casa.

Todo había comenzado una tarde de junio, cuando fue al cobertizo a buscar un rastrillo. Sobre una cobija vieja que pensaba tirar, la misma gata atigrada amamantaba a tres bolas de pelo ciegas. Carmen se quedó paralizada. Llevaba cinco años sola desde que murió Pedro; sus hijos, Gabriela en Houston y Miguel en Chicago, la llamaban los domingos, y los nietos venían un par de semanas en verano, siempre con el inhalador a mano porque Dios los hizo alérgicos. Esa casita de El Paso, con su jardín polvoriento y sus recuerdos, era lo único que le quedaba.

No la echó. Esa noche le llevó un platito de leche y unas sobras de pescado. La gata comió con hambre de calle, y Carmen se descubrió esperando con ilusión ese momento cada atardecer. Durante nueve días, se sintió útil otra vez.

Hasta que la gata desapareció. Al décimo día, los gatitos chillaban solos, la leche intacta. Carmen esperó, pero la madre no volvió. Tuvo que desempolvar el gotero que usó veinte años atrás para un perrito que Miguel rescató del canal. Mezcló leche tibia y, gota a gota, fue llenando aquellas boquitas rosadas. La vecina Elena, que pasó a pedir azúcar, la vio y soltó un resoplido.

—Carmen, ¿para qué te metes? Llévalos al refugio de la calle San Antonio. Bastante tienes con cuidar la casa.

—La madre los abandonó. ¿Y yo los voy a abandonar también?

—Seguro que la atropellaron en la interestatal. No te encariñes, que tres gatos no son cosa para una mujer sola.

Carmen sabía que Elena tenía razón. Apenas podía con la artritis, y en julio llegarían los nietos con su alergia. Se prometió que esa semana iría al refugio. Pero cada noche, el silencio de la casa le pesaba más que nunca. Antes, al menos, estaba el ronquido de Pedro o el barullo de los chavales. Ahora solo el tictac del reloj de pared.

Y entonces, aquella mañana, la gata regresó con el minino canelo y la guió hasta los otros dos. Carmen se vio de repente con seis gatos en la galería, tres del cobertizo y tres desconocidos, y una gata que los miraba a todos como si fueran suyos.

—Esto es un manicomio —se dijo, mientras acomodaba al canelo en una caja con una toalla.

El veterinario, el doctor Gómez, le cobró $217 por limpiar la herida, poner puntos y recetar antibiótico.

—Va a vivir —dijo—. Tiene una infección fea, pero es un luchador.

Carmen publicó fotos en el grupo de Facebook «Mascotas Perdidas de El Paso». Una pareja joven, los Valdez, se llevó a los dos más enfermizos de la casa abandonada. La niña de los Estrada, Lupita, rogó hasta quedarse con el tercero. Pero los tres del cobertizo y el canelo seguían ahí, y Carmen no lograba decidirse. Siempre ponía una excusa: que si los interesados no le daban confianza, que si todavía estaban muy débiles.

Un mes después, seguía con cuatro gatitos y la madre. Gabriela llegó de Houston sin avisar un sábado por la tarde y se encontró la galería convertida en una guardería felina: juguetes de trapo, platitos de acero inoxidable y una caja de arena gigante.

—Mamá… ¿esto qué es? —preguntó, con los ojos como platos.

Carmen sirvió dos limonadas y se sentó en el banco del porche.

—Son los que vinieron solos. Bueno, la gata los trajo.

—Cinco gatos, mamá. ¿Estás bien de la cabeza?

—Probablemente no —soltó una risa—. Pero míralos. Esa gata no se rindió. Encontró un cobertizo, sobrevivió quién sabe cómo y me trajo a los que necesitaban ayuda. ¿Cómo iba yo a hacer menos?

Gabriela guardó silencio un largo rato. Observó cómo la gata atigrada lamía por igual a sus crías y al minino canelo, que ya caminaba sin renquear. Vio a su madre, que tenía las manos llenas de pequeñas cicatrices de arañazo y una luz en los ojos que no le veía desde los funerales de papá.

—Déjalos —dijo al fin—. Hace años que no te veía tan… viva.

Carmen sonrió y alzó al canelo, que ahora atendía por Canelo, y lo puso sobre su regazo. El reloj de la sala siguió su tictac, pero ya no era el único sonido de la casa.

Esa noche, mientras los gatos se acomodaban en un montón de mantas y la gata madre se enroscaba en sus pies, Carmen apagó la luz y escuchó el ronroneo. El silencio, por fin, se había llenado.

Оцініть статтю
Соняшник
La gata desapareció por dos semanas; cuando volvió, trajo a un acompañante inesperado