Gracias a Dios que desapareció

El tipo ni siquiera se inmutó cuando soltó la frase. Estaba ahí, apoyado contra el contenedor de basura del complejo de apartamentos en Orlando, con una bolsa negra en la mano y una sonrisa que a Elena le heló la sangre.

— Oye, vecino —le dijo ella, obligándose a sonar casual—. Hace días que no veo a su gata por el pasillo. ¿Está bien? ¿Sigue viva?

El hombre, un tipo grandote de camiseta sin mangas que respondía al nombre de Raúl, se iluminó por dentro al escuchar la pregunta.

— Ah, esa. Desapareció hace como cuatro días —dijo, y soltó una risita—. Y la verdad, gracias a Dios.

— ¿Cómo que gracias a Dios? —Elena sintió que la mandíbula se le tensaba, pero logró mantener la voz firme. Apenas.

Lo había visto todo durante las últimas tres semanas. Todo. Y cada escena se le había quedado grabada como una astilla bajo la piel.

Vivían en el mismo edificio de la avenida Semoran, ella en el quinto piso y ellos en el segundo. Elena era técnica veterinaria en una clínica de la Colonial Drive, así que lo de los animales no era solo sensiblería: era su vida. La primera vez que vio a la gata en el pasillo, una siamés flaquita de ojos azules, pensó que se habría escapado. Pero no. La puerta del 204 se abrió, una mano femenina con uñas postizas la levantó del suelo por el pellejo del lomo y la lanzó al pasillo como quien tira una bolsa de basura. La gata rodó, se levantó aturdida y se sentó frente a la puerta marrón, esperando.

Esa noche hubo tormenta. La gata seguía ahí cuando Elena volvió del turno de cierre, pasadas las once, con el pelaje pegado al cuerpo y esos ojos azules fijos en la rendija de luz bajo la puerta. Temblando. Sin maullar siquiera.

— ¿Pero qué hacen? —murmuró Elena, y se agachó a su lado.

La gata la miró y soltó un ronroneo ronco, de ésos que parecen pedir permiso hasta para existir.

A la mañana siguiente, la gata ya no estaba en el pasillo. La habían dejado entrar. Durante tres o cuatro horas. Luego, un portazo y vuelta a empezar.

La rutina se repetía con una crueldad mecánica, casi burocrática. Un día, Elena coincidió en el ascensor con la dueña, una mujer de unos cincuenta años, pelo teñido de un rubio imposible y chanclas de peluche. La gata iba en sus brazos, quieta como un muñeco.

— Qué bonita es —dijo Elena, por romper el hielo.

— Bonita será ella —bufó la mujer—. Se subió a la mesa y tiró la cafetera. Mira cómo me dejó el mantel. ¿Sabes lo que cuesta uno así en Ross? Dieciocho dólares.

Como si el mantel tuviera más valor que el animal que llevaba en brazos.

El episodio que colmó el vaso fue un jueves. Elena llegaba de un día horrible: un perro al que no pudieron salvar en la clínica, un atasco de una hora en la I-4, y el aire acondicionado de su apartamento que había dicho basta justo en pleno agosto de Florida. Venía rota por dentro cuando, al salir del ascensor en su planta, la encontró ahí. En el quinto piso.

La gata siamés estaba sentada delante de SU puerta.

Le había seguido.

Alzó los ojos azules hacia ella y soltó el maullido más pequeño y patético que Elena había escuchado jamás. Un sonido que no era una queja, era una pregunta. Como diciendo: “¿Tú sí me quieres?”

— Ya está —dijo Elena en voz alta, con una calma que le salió de no sabía dónde—. Ya está bien.

Esa noche, la gata durmió en su sofá. Primero exploró el apartamento, oliendo cada esquina, cada zapato, cada cojín, con una cautela de animal que ha aprendido a esperar el golpe en cualquier momento. Pero en cuanto Elena se sentó en el sofá, la gata saltó a su regazo, se hizo un ovillo apretado, escondió la cabeza bajo su propia cola y se quedó dormida con un ronroneo que le vibraba en todo el cuerpo. Elena la observó un rato largo, sintiendo una mezcla de ternura y rabia que le quemaba la garganta. La dejó dormir. No la movió. Le puso un platito con agua y un poco de atún de lata, lo único que tenía a mano. El animal bebió con desesperación, como si llevara días sin probar líquido.

Pasó el viernes y nadie preguntó por ella. Pasó el sábado. Elena bajó al segundo piso un par de veces, con la excusa de tirar la basura, a ver si veía carteles, si escuchaba a alguien llamar a la gata por su nombre. Nada. La puerta del 204 seguía cerrada, impasible, igual que siempre. El silencio era casi ofensivo.

El domingo, Elena fue a la tienda de mascotas y volvió con una bolsa de alimento seco, arena para gato y un juguete de plumas. La gata, a la que ya había empezado a llamar Luna por el color de sus ojos, se lanzó sobre el juguete con una alegría torpe que le encogió el corazón. Jugaron en la alfombra de la sala, bajo el ventilador de techo, mientras afuera el calor derretía el asfalto.

— ¿Sabes qué, Luna? —le dijo Elena mientras la gata se enredaba con la pluma—. Como te quieran llevar de vuelta, van a tener que pasar por encima de mí.

Pero en el fondo estaba nerviosa. Porque legalmente, esa gata no era suya. Y Raúl, el grandote, no le inspiraba ninguna confianza.

Hasta que llegó el lunes por la tarde.

Elena estaba sacando las llaves del bolso junto al buzón del vestíbulo cuando vio a Raúl salir por la puerta trasera, la que daba al cuarto de basuras. Llevaba una bolsa negra enorme y silbaba. Una de esas bolsas de construcción, de las que se usan para escombros. Pero lo que hizo que a Elena se le encogiera el estómago fue la forma rectangular que sobresalía en un extremo. Conocía esa forma de memoria. Era una caja de arena para gato. Una de esas con tapa basculante que cuestan cuarenta pavos en PetSmart.

Se acercó con el corazón latiéndole en las sienes.

— Oye, vecino, hace días que no veo a su gata por el pasillo. ¿Está bien? ¿Sigue viva?

Y Raúl, con su sonrisa de alivio, le dijo que gracias a Dios había desaparecido.

— ¿Por qué gracias a Dios? —repitió Elena, clavándole los ojos.

— Porque mi mujer ya estaba hasta el moño, ¿sabes? Iba a llevarla al refugio del condado esta misma semana. Pero yo no quería ir porque me quedaba sin coche el día entero y luego hay que llenar unos papeles y es un lío. Y total, para que la sacrifiquen igual. Así que, mira, se fue sola y santas pascuas. Anoche hasta pedimos pizza para celebrarlo.

Elena sintió un zumbido en los oídos.

— ¿Y si está perdida? ¿Y si le pasó algo?

— Mujer, es una gata. No es un hijo. ¿Tú has visto lo que sueltan de pelo estos bichos? Además, se meaba en la bañera. ¿Tú limpiarías meados de gato todos los días?

La voz le salió de un lugar que ni ella reconocía.

— Esa gata lleva tres días en mi casa. Y no pienso devolvérsela.

A Raúl le cambió la cara. El gesto despreocupado se transformó en una mueca de incredulidad y luego en indignación.

— ¿Que tú tienes a mi gata? ¡Pero qué te has creído! ¡Eso es un robo, señora! ¡Te voy a llamar a la policía, te voy a denunciar!

— Llámela —respondió Elena, sacando el teléfono del bolsillo—. Llámela ahora mismo. Y cuando vengan, les enseño los vídeos que llevo grabando tres semanas. Ustedes, lanzando a la gata al pasillo como si fuera un trapo. La gata tirada en el suelo del ascensor, temblando. Ustedes, dejándola sin agua y sin comer mientras se iban el fin de semana entero. ¿Sabe cómo se llama eso en Florida? Maltrato animal. Delito grave. De los que conllevan cárcel.

No era del todo cierto. O quizás sí. A Elena le daba igual. Las palabras le salían como proyectiles, calientes y precisas.

— ¿Sabe lo que es ver a un animal esperando delante de una puerta durante horas? ¿Días? ¿Semanas? ¿Con frío, con calor, sin entender qué ha hecho mal? Pues yo sí. Lo he visto. Y usted también, porque era SU puerta.

Raúl se quedó callado. Abrió la boca, la cerró. Miró la bolsa de basura que aún sostenía, con la caja de arena asomando, como un cadáver que delata al asesino.

— Además —añadió Elena, bajando la voz pero sin soltar su mirada—, ya tengo cita para ponerle el chip. A mi nombre. Con mis datos. Con mi dirección. Hágame caso, Raúl. Váyase a su casa, pídase otra pizza y deje de hacer preguntas. Porque si vuelve a hablarme de esa gata, el que va a tener problemas no soy yo.

El hombre apretó los labios. Miró hacia la puerta de su apartamento, luego hacia Elena, luego otra vez a la bolsa. Algo se quebró en su expresión, pero no era culpa ni arrepentimiento. Era cálculo. El cálculo rápido de alguien que sopesa el coste de una pelea y decide que no merece la pena.

— Pues quédatela —masculló al fin—. Total, iba a acabar en el refugio de todas formas.

Y se fue. Sin bolsa. La dejó tirada en el suelo.

Elena no se movió hasta que oyó cerrarse la puerta del 204. Sólo entonces soltó el aire, se apoyó en la pared y sintió que las piernas le temblaban.

Al entrar en su apartamento, Luna estaba esperándola detrás de la puerta, como había hecho tantas veces en el pasillo. Pero ahora no había miedo en sus ojos. Dio un pasito hacia ella, levantó la cola recta como un mástil y soltó un maullido breve, casi imperativo. Tenía hambre.

Elena se echó a reír. Una risa corta, mojada, que le salió de muy adentro. Se agachó, tomó a la gata en brazos y la apretó contra su pecho, sintiendo el ronroneo que vibraba como un pequeño motor.

Esa noche, mientras cenaban en el sofá —Elena un tazón de cereales y Luna una lata de comida húmeda de salmón—, la gata se tumbó panza arriba, con las cuatro patas encogidas y los ojos entrecerrados, ofreciendo su vientre desnudo sin la menor defensa. Sin esperar el golpe. Sin calcular el riesgo.

Elena le rascó la barriga con la punta de los dedos y Luna estiró las patas delanteras hasta tocarle la muñeca.

Fuera, la noche de Orlando zumbaba con el ruido lejano del tráfico y el motor de un aire acondicionado. Dentro, el silencio era otro. Un silencio con ronroneo.

Por primera vez en mucho tiempo, las dos estaban en casa.

Оцініть статтю
Соняшник
Gracias a Dios que desapareció