Marianela bajó del Toyota todavía con el motor encendido. Eran las once y media de la noche y no había un alma en el estacionamiento del edificio. Se quedó quieta un momento, escuchando. El eco del portón automático al cerrarse rebotó contra las columnas de concreto y después nada. Solo el zumbido de los fluorescentes.
Había salido del turno de noche en el call center hacía quince minutos. Ni siquiera había pasado por el departamento. Llevaba tres días sin encontrar un espacio libre en los estacionamientos de la calle para revisar los autos estacionados cerca del edificio. Era agosto en Los Ángeles y el calor todavía subía del pavimento a esa hora.
Abrió la guantera. Adentro estaban las latas de comida. Las movió y agarró el fajo de hojas impresas que había dejado esa mañana. La foto de Bruno seguía igual. La misma que tenía en el teléfono, la misma del collar azul con la chapita dorada. La hoja decía «Perdido» y el número de Marianela. Lo había diseñado ella, con letras grandes y un borde negro para recortar prolijo.
Esa noche tocó tres puertas. La de la señora Delia en el sexto, que abrió en bata y dijo que no, mija, no he visto nada, pero le voy a avisar. La del chico del octavo, un muchacho que siempre llevaba audífonos y apenas saludaba. Él la miró y negó con la cabeza antes de que ella terminara la frase. Y la de la puerta de metal gris al fondo del pasillo, donde nadie abrió. Marianela deslizó la hoja por debajo de la rendija y se fue.
Cuando llegó a su piso, se quedó parada frente a la puerta. Adentro el departamento estaba igual que lo había dejado. La ventana de la cocina seguía cerrada, porque ya no la abría. El platito con agua seguía al lado de la alfombra, abajo del ventanal que daba a la azotea del edificio de enfrente. El rascador seguía en la esquina, medio deshilachado, con los hilos de yute sueltos.
La búsqueda empezó en serio en septiembre.
Marianela trabajaba de nueve de la mañana a seis de la tarde atendiendo llamadas en inglés para una empresa de seguros médicos. A las seis y diez salía por la puerta de atrás, se subía al Toyota y empezaba. Las primeras semanas fue por todo Boyle Heights. Dejaba hojas en las lavanderías, en los postes, en la taquería de la César Chávez donde a veces compraba burritos. Las pegaba con cinta adhesiva transparente y a los dos días encontraba las hojas arrancadas o tapadas por un anuncio de mudanzas. Volvía a pegarlas.
A la segunda semana llamó un señor de El Sereno. Dijo que había visto un gato igual en el techo de una bodega. Marianela tomó la autopista 10 en hora pico y tardó cuarenta minutos en llegar. El gato era blanco con naranja. El señor se disculpó como si hubiera cometido un crimen y Marianela dijo que no se preocupara, que gracias. En el camino de regreso lloró un poco, sin ruido, mientras el tráfico avanzaba a vuelta de rueda por el centro. Después se secó la cara en un semáforo y ya.
En octubre empezó a anotar. Compró una libreta en el 99 Cents Store, una chiquita de espiral, y apuntaba las calles, los nombres de las personas que llamaban, los números de las casas donde le decían que no. A veces escribía cosas como “gris, pero más chico” o “sin collar”. Las hojas se fueron llenando con una letra cada vez más apurada.
Uno de los guardias del edificio, don Julio, la veía salir todas las tardes. Un jueves la paró antes de que ella pasara de largo por el lobby.
—Señorita Mari, va a terminar con los pies hinchados. Lleva dos meses así.
—Ya sé.
—Digo nomás. Por si no se ha dado cuenta.
Marianela no respondió. Se quedó mirando la puerta de vidrio que daba a la calle. Afuera, un grupo de chavos pasaba en patineta. Uno llevaba una mochila abierta de la que asomaba algo que se movía. Ella dio un paso hacia adelante automáticamente, como si el cuerpo reaccionara antes que la cabeza. Pero era un perro chihuahua. Se quedó quieta otra vez. Don Julio la miró con una mezcla de compasión y cansancio.
—A veces así es, mija —dijo el guardia—. Aparecen cuando uno ya dejó de buscar.
Ella negó con la cabeza y agarró las llaves.
—Yo no voy a dejar de buscar.
En noviembre llegó la lluvia. Tres días seguidos de aguacero que dejaron las calles anegadas y el estacionamiento subterráneo del edificio oliendo a humedad por semanas. Las hojas impresas se corrían, la tinta se embarraba. Marianela las metió en bolsitas de plástico antes de pegarlas, pero el viento las arrancaba igual. Una mañana encontró una bolsita suya flotando en un charco frente al edificio y se quedó mirándola un rato largo. La foto de Bruno se transparentaba contra el agua sucia.
En la oficina, sus compañeros dejaron de preguntar. Al principio le decían cosas como “ya va a aparecer” o “los gatos son así, se van y vuelven”. Pero después de noviembre ya nadie mencionaba el tema. Era un silencio educado que Marianela agradecía y odiaba al mismo tiempo. Ella tampoco hablaba de otra cosa. Contestaba lo del trabajo, daba los buenos días, se reía a veces si alguien contaba un chiste. Pero por dentro era un temporizador que hacía tictac todo el día hasta que marcaban las seis y diez.
En diciembre, la cosa se puso peor. No porque dejaran de llamar —que dejaron—, sino por la Navidad. Todo el mundo ponía lucecitas, adornos, fotos familiares. En la oficina organizaron un intercambio de regalos. Marianela se excusó. Se fue a su casa temprano y se sentó en el sillón con la libreta abierta en la página veintitrés.
Esa noche lloró en serio. De esos llantos que vienen del estómago, que duelen. Bruno había desaparecido un jueves de agosto y ella no se había dado cuenta hasta el viernes por la mañana. Esa noche había llegado agotada, se había tirado en la cama, había dejado la ventana de la cocina abierta porque el calor no bajaba ni con el ventilador. No escuchó nada. Él nunca arañaba la puerta. Era un gato silencioso que aparecía y desaparecía como una sombra, pero siempre estaba ahí cuando ella metía la llave en la cerradura. Siempre.
Hasta que no estuvo.
La mañana del catorce de enero Marianela bajó al estacionamiento subterráneo a las seis y cuarto de la mañana porque se había quedado dormida con el uniforme puesto y tenía que ir a comprar café antes de la guardia. Iba caminando hacia la rampa cuando escuchó algo.
No fue un maullido. Fue un rasguño. Un ruido seco y leve, como de algo que araña una superficie rugosa. Se detuvo en seco. El estacionamiento estaba en silencio. Los fluorescentes parpadeaban en una esquina y el eco del portón al cerrarse rebotó contra las columnas.
El ruido venía del otro lado del muro, donde estaba el cuarto de máquinas.
Marianela caminó hasta la puerta de metal pintada de gris. Estaba cerrada con un candado viejo, de esos que se abren con una llave triangular. Se quedó mirando la puerta. Escuchó otra vez. Y otra.
Salió disparada hacia la recepción.
Don Julio estaba tomando su café de las seis y media cuando la vio aparecer con la cara desencajada. No tuvo que preguntar nada. Sacó el manojo de llaves del gancho detrás del mostrador y la siguió sin decir palabra.
—¿Usted cree que esté ahí? —preguntó Marianela mientras bajaban las escaleras.
—Pues a ver.
Abrió.
El cuarto de máquinas era un espacio angosto y bajo, con tuberías que serpenteaban por el techo y un olor a óxido, a concreto húmedo y a algo más. A algo orgánico, encerrado.
Marianela encendió la linterna del teléfono y avanzó sola.
Las tuberías zumbaban. Al fondo se veían cajas de herramientas viejas, un extinguidor tirado, un balde con brochas secas. Y en el rincón más oscuro, detrás de un tambo de plástico azul, dos ojos reflejaron la luz como dos monedas de cobre.
Ella se quedó quieta. El corazón le dio un vuelco seco, como si alguien le hubiera dado un golpecito en el pecho por dentro. Bajó la linterna un poco para no encandilarlo. Y entonces lo vio.
Bruno estaba flaco. El lomo se le marcaba en una curva débil y la cadera se le notaba incluso en la penumbra. Tenía una oreja un poco doblada y en el costado izquierdo le faltaba pelo. Le habían crecido las uñas. Pero era él.
—Bruno —susurró.
No se movió hacia él. Se sentó en el piso. En el concreto frío, manchado de grasa y polvo de cinco años. Se sentó y esperó. Apoyó la linterna en el suelo apuntando hacia un costado para que la luz rebotara en la pared y no le diera en los ojos.
Detrás de ella, en la puerta, don Julio no dijo nada. Se recargó en el marco y se cruzó de brazos.
Pasaron como diez minutos. Quizás quince. El gato no se movía, pero tampoco se iba. Parpadeaba lento. Después bajó la cabeza y olió el aire.
Marianela habló bajito:
—Cinco meses, mi amor. Cinco meses aquí abajo. ¿Cómo sobreviviste tanto?
El gato ladeó la cabeza. Dio un paso. Después otro. Salió de detrás del tambo. Caminó despacio, olfateando el piso, hasta quedar a un metro de su pierna. Se quedó ahí.
Ella levantó la mano, muy lento, y la dejó suspendida en el aire. Bruno la miró. Después apoyó la frente contra la palma abierta de Marianela y cerró los ojos.
Ella no lloró. No todavía. Lo levantó con cuidado, como quien levanta un montoncito de trapos que puede deshacerse. Peso casi nada. Se le sentían todas las costillas bajo el pelaje sucio. Bruno ronroneó. Un ronroneo bajito y áspero, como un motor viejo que arranca.
Cuando salió del cuarto de máquinas, don Julio se apartó para dejarla pasar. Miró al gato y después a ella.
—Cinco meses —dijo él.
—Cinco meses —repitió ella.
Subieron en el elevador sin hablar. Marianela miraba al gato. El gato miraba las lucecitas de los botones. Cuando las puertas se abrieron en su piso, ella salió, caminó hasta la puerta de su departamento y la abrió con una mano, sosteniendo a Bruno contra el pecho con la otra.
Adentro, lo primero que hizo fue ponerlo en el piso. Bruno se quedó quieto un momento, olfateando. Después caminó. Lento, con las patas un poco abiertas, pero caminó. Fue directo al platito del agua, abajo del ventanal. Lo olió. Después siguió hacia la cocina. Ahí, donde antes solía dormir sobre la silla de madera, ahora había una caja con facturas viejas. Se paró enfrente. La miró como si esperara que la caja se quitara sola.
Marianela la movió, la puso en el piso. Bruno saltó a la silla despacio, con menos fuerza que antes, y se acomodó en un ovillo disparejo, con la oreja doblada hacia adelante y la cola enrollada sobre la nariz.
Ella se sentó en el suelo delante de él. Las piernas le temblaban un poco. Se quedó ahí, mirándolo, sin hacer nada. En algún momento, sin darse cuenta, empezó a llorar. No era un llanto fuerte. Era un llanto callado, de esos que mojan la cara sin que uno se dé cuenta, mientras la respiración se vuelve más honda y el pecho deja de apretar.
Bruno entreabrió un ojo. La miró. Volvió a cerrarlo.
Marianela se quedó en el piso hasta que los músculos le dolieron. Después se levantó, agarró el teléfono y llamó a la oficina. Dijo que no iba a ir hoy. Que se sentía mal. Colgó y puso agua limpia en el platito. Abrió una lata de comida húmeda, de la buena, de la que guardaba en la alacena desde hacía cinco meses, y la puso al lado del rascador.
Bruno bajó de la silla. Comió. Despacio, como había hecho todo desde que lo encontró. Después fue al sillón, se subió a su almohadón de siempre —el que Marianela nunca había quitado— y se durmió.
Ella se sentó en el otro extremo. Miró el bulto gris que respiraba suave sobre la tela desteñida por el sol. En el ventanal de enfrente, la azotea del edificio vecino seguía vacía. Las seis y cuarenta y tres de la tarde. El sol se metía despacio detrás de los tejados del este de Los Ángeles y el cielo se ponía de ese color durazno que solo sale después de los días fríos.
Marianela puso la mano sobre el lomo de Bruno. Sintió los huesos, la respiración, el ronroneo. Él no se movió.
En la calle, alguien tocaba el claxon. Lejos. Como de otro mundo.
Cinco meses.
El gato dormía.
Marianela apoyó la cabeza en el respaldo del sillón y se quedó mirando el techo. No pensó en nada. Por primera vez en mucho tiempo, no pensó en nada. Solo estaba ahí, en el sillón, con su gato al lado, viendo cómo la luz durazno se volvía violeta y después azul oscuro, y no se movió hasta que fue de noche.







