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Diego apretó el sobre de cuero contra el pecho como si fuera un boleto ganador de la lotería.

Cada vez que el sol se ocultaba detrás de los nopales, puntual como un réquiem, un cachorro flaco y sarnoso

Carolina se miró al espejo por décima vez. El vestido blanco le quedaba como un guante, con ese encaje

El yate se sacudía como un animal herido. Camila vio cómo la última línea de luz del atardecer se la

—Lucas, sácame otra fría de la hielera, ¿quieres? —Bill no lo miró cuando lo dijo. Nunca lo hacía.

Paulina estiró la mano con una seguridad tan absoluta que cualquiera hubiera pensado que Valeria llevaba

Valeria llegó al salón del Hotel Biltmore de Coral Gables aferrada a una caja envuelta en papel azul cielo.

El calor de junio en San Antonio pegaba fuerte, incluso de noche. El viejo salón de la hacienda Santa

Tenía cincuenta y un años y estaba perdidamente enamorada como una adolescente boba. Y miren, cuando

La lluvia había parado justo lo suficiente para el entierro, pero el cielo seguía colgando sobre el cementerio










